Adaptando una alimentación equilibrada. Una dieta hipercalórica, muy rica en grasas de origen animal, en colesterol y en sal está asociada con un incremento del riesgo de enfermedades coronarias. La prevención de estas enfermedades pasa, sobre todo, por adoptar unos buenos hábitos alimenticios.

La dieta mediterránea es un buen ejemplo de dieta equilibrada. Es un régimen en el que priman especialmente los alimentos de origen vegetal: fruta, verduras, legumbres y cereales. El aceite es la grasa más usada (tanto para cocinar como para aderezar los alimentos). Lácteos como leche o queso también forman parte de la dieta diaria. Sin embargo, la dieta mediterránea se caracteriza por tener un bajo consumo de carnes rojas, ricas en grasas saturadas (como la carne de vaca o la de cerdo), y por optar por el pescado y las carnes de ave. Por lo que se refiere a los huevos, se recomienda, en general, no pasar de 3 o 4 por semana. El vino también tiene su parte en el menú, pero siempre en cantidades moderadas (una o dos copas al día acompañando a las comidas). Las especias y las hierbas aromáticas se encargan de dar un toque de sabor. ¡Ah!, y en el postre se da preferencia a la fruta, en vez de dulces o pasteles.

El efecto protector de este tipo de alimentación está ciertamente relacionado con la variedad, y también por la interacción entre varios componentes, como el alto contenido en fibras, las distintas vitaminas y las grasas saludables (combinadas con una cantidad limitada de grasas nocivas).

Paro cardiaco y ataque al corazón.